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miércoles, 1 de junio de 2016

La mosca cojonera

- Y, ¿qué tal te han ido las vacaciones?
- Buf, fatal. Necesitaba descansar, y pensé que lo pasaríamos bien en la playa, pero no hemos dejado de discutir en todo el viaje.
- ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
- Pues chica, no lo sé. A ratos estaba contento, a ratos enfadado. Un día se levantó de mal humor y ni me hablaba, ni en el desayuno... Sólo me dice que ha pasado una noche rara y que no está de humor. Después se da una ducha y sale que parece otro, de buen humor. Y me dice “ya te he dicho que no me pasaba nada. Anda y no me agobies”.
- Ya...

Aparece una mosca en la consulta. Empieza a revolotear alrededor nuestro.

- Anda, ha entrado una mosca de esas grandes que hacen tanto ruido.
- Con este calor... ¿Paramos un minuto y la echo?
- No, déjalo, no me molesta. Te decía que tuvimos discusiones durante toda la semana. Estaba muy raro. Y claro, si no sé lo que le pasa, no sé qué hacer. Me siento mal (da un manotazo en el aire). Porque yo intento ayudarle y...
- ¿Cómo lo intentas?
- Intento comprenderlo. Yo sé que está muy estresado en el trabajo, vuelve a casa agotado de aguantar a su jefe.
- Vuelve muy cansado... ¿Y tú qué haces?
- ¡Ay, qué pesada está! (la mosca se le ha posado en la mano. La espanta.) Bueno, pues le pregunto qué tal el día, si me lo explica le escucho, intentamos encontrar alguna solución...
- Ya, pero ¿y tu? Porque también estás pasando una época difícil, con los recortes en tu empresa...
- Si, bueno, yo voy haciendo, no sé cómo irá la cosa, están negociando y tal... Pero hay días que lo paso mal, no tengo ganas de ir... (vuelve a dar otro manotazo en el aire).
- ¿Y él que te dice? ¿Te apoya?
- Bueno si, a su manera, ya sabes que es muy egoísta a veces, me gustaría que me escuchara más, pero no está acostumbrado. Con esa madre que tiene que le hacía todo... Poco a poco voy consiguiendo que cambie, pero me está costando y a veces no estoy bien, no sé muy bien lo que me pasa, ni si tengo que empezar a... AAHH!! ¡Ostras con la mosca! ¡AGH qué asco! ¡La he notado en la oreja!
- ¿Paramos y la echamos?
- Mira sí, si no te importa paramos. Estoy harta. ¡No puedo concentrarme!
- Si, la ibas buscando con la mirada. Toma esta revista para espantarla. ¿Te importa abrir la puerta?
- Sisisi, encantada. ¡Qué pesadez!

Al no encontrar hospitalidad, finalmente el insecto se va...

- Mira, creo que de este rato puedes sacar una conclusión interesante. ¿Qué ha pasado?
- Esa mosca cojonera no paraba de interrumpirme.
- ¿Te has dado cuenta de cuándo te interrumpía? ¿De qué estabas hablando?
- Mmmm... De mi pareja, ¿no? Como siempre que vengo a verte (suelta una risita nerviosa).
- No, más bien te interrumpía cuando hablabas de ti, de lo que te pasaba a ti y de lo que tu sentías. Y es curioso, aparecía la mosca y entonces sólo tenías ojos para ella. Y como sólo podemos atender una cosa cada vez...
- Si, ya hablamos de que el multitasking no existe...
- El caso es que en cuanto te distraes, tu conversación vuelve a lo que hace tu pareja, a lo que siente, a lo que piensa, a lo que quiere. Y así llevamos hoy un rato, que tu tiempo (y tu dinero) lo estás repartiendo entre intentar entender a tu pareja y una mosca cojonera.
- ...
- Apareció. Le diste toda tu atención. Cuando dejas de hacerlo, reaparece. No te ayuda, parece que cuando crees que ya sabes lo que hará, o crees haber conseguido que haga lo que tú quieres, siempre sale con algo inesperado. Tu pareja te ha dicho que le importas. Decís que os queréis infinitas veces. Pero sólo tú pareces haber cambiado para adaptarte a la relación. Esta persona sigue por ahí zumbando, a su aire, mientras tú procuras vivir teniendo en cuenta sus necesidades, su vuelo, sus sonidos. Pero hagas lo que hagas, la comprendas o no, siempre acabas frustrada. Nunca haces lo suficiente, te dirá. No habrás cambiado lo bastante para comprenderlo, para merecer tener la relación que te prometía ese ser tan fascinante. Ser la pareja que ibais a ser.
- ¿Y qué puedo hacer?
- Empecemos de nuevo, te abro la puerta: ¿Cómo estás TÚ?



miércoles, 12 de agosto de 2015

Vivir en el presente

En la actualidad parece imprescindible responder a todas las exigencias, internas y externas. Y aunque lo intentemos es difícil anticiparse. El estrés, la insatisfacción, la frustración aumentan… Y también la sensación de vacío que, según dicen, se produce porque no hemos encontrado aún el modo de ser felices con lo que hacemos. 

Cuando aparece un problema nos piden una solución inmediata y hacemos lo mismo con nosotros mismos. Y la necesitamos ahora, ya, no queremos perder mucho tiempo, que hay mucho por hacer.

Pero tenemos una ayuda: Cual superhéroe, la Autoayuda prefabricada se ha actualizado en internet. Su superpoder es dar la respuesta antes de formular la pregunta. Una solución sencilla, además: Una sola foto en facebook, o en ese grupo de whatsapp de padres del cole de la niña. Pero viéndola, la solución queda clara: 


 Lo llaman el “centrarse en el Aquí y Ahora”. Y se abre la veda, porque la expresión se ha puesto de moda y se mete todo bajo la misma etiqueta. Encontramos prácticas y técnicas realmente útiles para cuidarse o para aprender nuevas habilidades o cómo manejarse con las que ya se tiene. También grupos y personas con escaso propósito terapéutico, donde el interés reside en ejercer una influencia o lucrarse de los demás, aprovechando que están en un momento de desorientación y dificultades.
   
Hay otra vertiente muy importante a tener en cuenta, la que me interesa hoy: Cómo cada persona dirige y lleva a cabo ésta búsqueda y los cambios que hace en su vida para sentirse mejor, lograr más autoestima, manejarse en el entorno actual. Todos queremos estar bien, pero es muy importante tener en cuenta esto: 

Vivir “en el presente” no se debe confundir con vivir “para el presente”.

Vivir en el presente, prestando atención a nuestras sensaciones complejas acerca de lo que es bueno para nosotros, no es lo mismo que vivir para el presente, que implica simplemente hacer aquello que nos hace sentir bien, sin tener en cuenta las consecuencias. (*)


Vivir en el presente consiste en realizar un ejercicio voluntario de reflexión, de concentrar nuestra atención en un punto, en una respiración, en una situación. Es aprender a centrarse en lo que uno está haciendo, sintiendo, pensando en un momento dado. 

Es atreverse a ser autocrítico y a la vez aprender a quererse, dándose permiso para ser autocompasivo cuando realmente no se llega a más, o se ha hecho lo posible. Porque quien hace lo que puede, no debería sentirse obligado a más. 

También implica ser coherente y dar a los demás el mismo trato que uno/a se esfuerza a darse a si mismo y que le gustaría recibir. Escuchando y hablando, valorando, respetando y protegiendo. 

Nos han convencido que la multitarea es lo más. Pero no es lo único. Para poder vivir en un entorno exigente y no morir en el intento cada vez será más necesario dominar dos habilidades: 
  • La capacidad de concentración y atención a aquello y aquellos que importan.
  • La capacidad de priorizar y dejar ir.

No es un camino de héroe solitario. Requiere la compañía de otros, aquellos que nos quieren y a los que posteriormente conoceremos. Y es un camino de autonomía, donde cada uno puede tomar sus propias decisiones teniendo en cuenta a otros, asumiendo la propia responsabilidad. Donde en el otro encontramos nuestro reflejo, el apoyo mutuo o también el desacuerdo, que no pasa nada.

Somos gregarios: nuestra supervivencia, nuestro desarrollo y nuestra evolución física y emocional se basa en gran parte en las relaciones que establecemos y de pertenecer a algo, un grupo de referencia (o varios). La psicología ha demostrado que sin relaciones de calidad y significativas, tener dinero o salud pierde sentido. 

En cambio, cuando alguien se dedica a vivir para el presente, generalmente busca sólo sentirse bien, y su manera de conseguirlo es a lo Maquiavelo: importando sólo el fin, justificando los medios. No se mira más. No hay reflexión. No se mira hacia dentro, casi todo es hacia el exterior (a veces con apariencia de interior). Quien vive para el presente se esfuerza mucho, muchísimo, pero por la aprobación exterior, el reconocimiento. Cualquier indicio de cambio o de reflexión interior o “lo que duele”, es evitado. A veces, porque la vulnerabilidad es demasiado grande. 

Lo muestran: 
  • Centenares de selfies en los gimnasios marcando posturas imposibles para mostrar trabajadas anatomías, publicar las marcas de autosuperación diarias en running, selfies en los velatorios.
  • Sólo pensar en lo inmediato y el placer personal y distanciarnos de otras decisiones que también nos afectan pero de las cuales nos des-responsabilizamos porque no las podemos atacar directamente (“eso es de otros”, “a mí me da igual lo que pase, mañana tengo que madrugar igual para ir a trabajar”). 
  • Sólo relacionarse con quienes “me entienden” y piensan como uno/a, sin crítica ni reflexión sobre lo que se está haciendo.

Es el estilo de la autoayuda prefabricada, la que dice lo mismo en todos sus libros utilizando rutas diferentes. Como psicóloga no me cuadra que realmente aporte un bienestar real y duradero: Se vende una búsqueda de la felicidad que nunca incluye la reflexión profunda y compartida entre iguales. Como siempre, hay uno/a que enseña (quien escribe) y sus alumnos (los que compran). Fomenta el aislamiento, a centrarse en el propio ombligo, que lo llaman “el propio camino hacia la felicidad que TÚ realmente te mereces”.

Se basa en un “supérate a ti mismo para que te acepten”, “ten una actitud correcta”, “sé un líder”. Es individualista e impersonal. 

Invita a adoptar nuevas ideas pero igual de rígidas que las que han llevado al malestar. Evita que se adopte una cierta flexibilidad mental, donde no sea necesario creerse una idea para explorarla.

Acaba aislando, porque vende la idea del uno diferente y excepcional. Una caricia falsa para el ego herido. 

¿La consecuencia? Se consumen más libros de autoayuda que nunca, cada día salen nuevas terapias, nos preocupamos cada vez más de la calidad de lo que comemos y de la vida que llevamos. Pero parece que no es suficiente para avanzar. Nunca hemos estado tan conectados y mucha gente se siente sola. Desde la lógica del vivir para el presente, ser feliz pasa por tomar conciencia de uno como único y que, por lo tanto, todo lo que haga deberá ser especial y ser demostrado constantemente. Para ser único, los demás me lo deben reconocer tanto (o más) como yo mismo. O me siguen o no hay trato.

Olvida voluntariamente que los grandes avances humanos se han producido cuando grupos de personas han aparcado parte de sus diferencias e intereses personales para conseguir objetivos comunes y colectivos, que den bienestar a otros más allá de ellos mismos. 

Obvia que ya cada uno desde el nacimiento somos únicos por nacimiento, genética, historia y personalidad. Nos focalizan en trabajar para una excepcionalidad que ya está solucionada sin trabajo y sin pedirla. Distraen de lo realmente importante: vivirla. 

Atreverse a vivir

En el vivir en el presente, la reflexión no es culpabilización, ni fustigarse por no tener “la actitud”, ni dar vueltas a un mismo pensamiento hasta que nos autoconvencemos de que nos conviene. 

Consiste en ser capaz de hacer un ejercicio de honestidad ahora y preguntarse hacia dónde nos está llevando nuestra manera de funcionar. Puede que descubramos cosas que no nos gusten de nosotros mismos y que tengamos que afrontarlas cara a cara. Y hacer cambios de verdad, sin postureos. Quienes están dispuestos a hacerlo también descubren nuevas vías y en muchas ocasiones la fortaleza necesaria para cambiar. 

Hay que dar la enhorabuena a quienes quieren vivir en el presente, porque son valientes sólo con planteárselo. Y aunque también cueste, la recompensa es de menor intensidad pero más duradera. Es una satisfacción existencial.
Resumiendo: ¿Cuál es la diferencia entre conseguir una autoconciencia genuina y no prefabricada o comprada? El altruismo y la responsabilidad propia. Creo que hay pocos libros de “autoayuda” con estas palabras impresas.

Quienes trabajan en autoconciencia y conciencia de los demás, saben que un estado de felicidad y subidón permanente es imposible. Viven y disfrutan las bocanadas de satisfacción que la vida les proporciona. Crean, en lo posible, las condiciones para que se produzcan. Construyen y co-construyen con los demás. Cuando ocurre, se concentran en disfrutarlo. Y el tiempo parece pararse, porque es un momento perfecto por sí mismo. Sin necesidad de magia y gestionando la frustración, crean magia.  

(*) Cita extraída de Greenberg, Leslie S. y Paivio, Sandra C. "Trabajar con las emociones en psicoterapia" Pág. 39. Ed Paidós (1997).

viernes, 10 de abril de 2015

Frustrados pero no reventados

Tenía una entrada preparada cuando he visto esta foto en facebook:



Es una viñeta de tantas que circulan por internet y que, con propósito pedagógico, dice a los adultos que si los niños no tienen los caprichos que quieren no pasa nada, que aprendan a frustrarse, que es positivo, y que más frustraciones les dará la vida. Correcto. Actualmente muchos profesionales sufren la llamada falta de tolerancia a la frustración creciente de la sociedad que estamos construyendo. Las consecuencias ya las estamos viendo, desde Síndromes del Emperador (niños tiranos) a una creciente falta de gestión de emociones negativas. Una de las consecuencias más extendidas son las adicciones.

Pero hoy no sigo por ahí. Mira de nuevo la imagen y observa concretamente la actitud del adulto, ¿Qué te dice?

Está de perfil, no vemos su cara, tapada por la capucha. No es importante que sepamos quien es. Está desanimado: hombros caídos, cabizbajo, manos en los bolsillos. No parece la actitud de quien realmente quiere educar al nene caprichoso que quiere el smartphone, si no el de alguien rendido a la frustración que le pide al niño que aprenda y acepte que cuanto antes se rinda, mejor.

Ahí es donde me ha explotado la cabeza, en la asociación frustración-pasividad y de rebote, en la asociación aceptación-rendición.

Cuando nos ponemos ante la realidad y los hechos, querramos o no, los percibimos e interpretamos según un filtro personal. Con la interpretación tenemos “lo que nosotros hemos entendido”. Es una opinión, cada uno tiene la suya. Después hacemos nuestra representación, es decir “qué significado tiene esto para mí”. Y ahí empieza el lío, porque la respuesta que demos, la que sea, será según lo que haya representado para nosotros. Y si nos gusta o no, si toca algo interno que duela o no.

No he podido evitar acordarme del cuadro de Stephen R. Covey en el que diferencia los diferentes estilos de lenguaje (*):

Lenguaje Reactivo
Lenguaje Proactivo
No puedo hacer nada
Yo soy así
Me vuelve loco
No lo permitirán
Tengo que hacer eso
No puedo
Debo
Examinemos alternativas
Puedo optar por un enfoque distinto
Controlo mis sentimientos
Puedo elaborar una exposición efectiva
Elegiré una respuesta adecuada
Elijo
Prefiero


Las palabras son eso, palabras, pero donde radica su fuerza es en la carga simbólica que les damos y en su impacto en nuestras emociones. Por este motivo decía Freud que “las palabras curan”. Pero también pueden hacer un gran daño, a menudo por acumulación. Recuerda que también “la pluma hiere más que la espada”.

Un lenguaje más proactivo invita a la acción y a procurar modificar aquello que nos afecta. Un lenguaje reactivo invita a tener una actitud pasiva, con poca intervención y delegando a los demás o a las circunstancias las responsabilidades si, pero también los motivos de éxito y/o fracaso de lo que nos ocurre.

La frustración es un sentimiento, y una herramienta. Su bondad o maldad dependerá del uso que se le dé:

  • A un niño se le puede enseñar que sentir frustración es sano, porque no se puede conseguir fácilmente y con una varita mágica todo lo que se desea. Existen límites. Pero por ser límites no son necesaramente limitantes. Muchisimos de ellos son salvables, se trata de buscarlos. En este caso, una frustración es positiva, porque nos puede poner en movimiento hacia algo conseguible.
  • Si se ve la frustración con impotencia, podemos llegar a rendirnos, porque “para qué moverme” y pensar que una cosa no conseguible puede representar que muchas otras cosas más no lo serán, sin probar nada diferente. La frustración será entonces negativa. 

Si siempre vinculamos frustración con rendición, alguien se beneficia de nuestras derrotas, generalmente quien procura que nos sintamos frustrados sin solución. Pensar en un movimiento diferente y hacerlo puede romper este ciclo “vicioso”. Y la mayoría de las veces, no es necesario un gran movimiento.

Como decía aquél “cuidado con lo que te dices, que te lo puedes creer”


(*) Covey habla de personas “Proactivas” y “Reactivas”, cosa que no comparto. Una persona no tiene porqué SER una cosa u otra de manera estable, al tratarla así la estoy “sentenciando”. Yo prefiero hablar de tendencias o de momentos en que una persona funciona de manera más reactiva o más proactiva.

Ilustración: www.e-faro.info

Cuadro extraído de “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” R. Covey, Stephen Ed. Paidós Plural

jueves, 2 de abril de 2015

Qué se esconde tras una barba

Hoy quiero recomendar un cómic que me he leído hace poco. Y si, quizá no es muy habitual que se recomiende cómics en un blog como éste. ¿Mi razón? Que aunque de siempre me han gustado, cada vez tengo más claro que las novelas gráficas son una manera muy directa de explicar historias potentes. Mediante la imagen nos llegan las emociones del autor y de los protagonistas de un modo especial, casi inconsciente. No creas que son historias para niños, no solamente. Si no conoces la novela gráfica y te gusta leer, te invito a probar algo diferente.

Y empiezo por una historia que habla de una manera muy clara de dos temas que aparecen y son frecuente motivo de sufrimiento: el miedo a la incertidumbre y lo que nos exige adaptarnos a cambios inesperados.  

LA GIGANTESCA BARBA QUE ERA EL MAL (Stephen Collins, Ed. La Cúpula, 2014)

“Dave vive exactamente AQUÍ, en este lugar que da la espalda a un mar lleno de secretos. Todas las tardes, al volver de la oficina, se sienta en su escritorio, escucha canciones en bucle y dibuja a la gente que ve a través de la ventana. Entregado a esas rutinas, Dave se siente a salvo. 

Dave cuida el orden para que el orden lo cuide a él, pero a veces tiene la sensación que bajo la pulcra alfombra de la realidad puede haber algo, un mundo oculto debajo de la piel, la bárbara memoria de lo que fuimos. Y se está despertando”

Dave empieza a descubrir que su barba no es muy común


La historia es la de una barba que crece sin control en un mundo, una ciudad de caras perfectamente rasuradas, de peinados bien cortados y de estilos de vestir que cumplen las normas. Todo controlado en un perfecto orden. 

Una historia donde la gente vive en una isla llamada “AQUÍ”, de casas construidas iguales entre sí, calles limpias, árboles y jardines cuidados. Y rodeando esta isla, lo desconocido, el abismo, el caos, tan aterrador que la gente vive de espaldas a él. A ese lugar tan desconocido y aterrador le llaman “ALLÍ”.

Mapa de "Aquí" (Here) en el centro, rodeado del mar y del aterrador "Allí" (There)

Un mundo en orden donde la gente va al trabajo con la vista pegada al teléfono móvil en silencio y cumple sus tareas con diligencia, sin tener porqué saber qué sentido tiene hacerlas. Sin felicidad, sin tristeza, pero en un perfecto orden. Nadie se plantea si el orden gusta o no, está ahí, cumple su función y oculta los miedos de cada uno (“todo está en orden, nada nuevo, nada que temer”).

Pero muchos sabemos que todo aquello que se oculta con esmero, tarde o temprano volverá a intentar salir a la luz. Y que irrumpirá con más violencia cuanto más fuerte es el esfuerzo por ocultar y contener. En esta historia es una barba de una persona cualquiera al azar, que no tiene ni poderes especiales ni ninguna característica especial. La barba como metáfora de lo que en la vida real podría ser un secreto, o inseguridades que ocultamos.

Y es la historia de una barba que provoca cambios en su propietario y a su alrededor. Primero pequeños cambios, siempre al principio los cambios son pequeños. Pero como bien sabemos los psicólogos, los cambios provocan otros cambios más evidentes y grandes. La gente ordenada y pulcra reacciona ante el desorden de una barba que crece sin orden, sin propósito, sin objetivo y sin razón aparente. La gente reacciona, la sociedad reacciona, poco a poco, buscando el equilibrio perdido. Haciendo más cambios, y más....

Éste es un cómic sobre miedos y equilibrios perdidos, una metáfora algo surrealista, pero muy clara. Y que espero que disfrutes… si te atreves a adentrarte a ella :) 

Portada

Ejemplares disponibles en las Bibliotecas de Barcelona: https://sinera.diba.cat/record=b1750916~S171*

Enlace y reseña de la editorial: http://www.lacupula.com/catalogo/la-gigantesca-barba-que-era-el-mal

domingo, 29 de marzo de 2015

Una historia de autoestima

- “¡¡Estoy hasta los mismísimos de los sabelotodo que no tienen ni puñetera idea y encima te hablan como si les tuvieras que venerar!!” “No sabes las ganas que tengo de decirles dónde se pueden meter las lecciones que no les pido”.

Ella estaba explotando. ¡¡Por fin!!

Hace tiempo, le preocupaba su “baja autoestima”: no valía lo bastante, nunca sabía suficiente, nunca llegaba a todo, siempre con ese miedo a que los demás se sintieran decepcionados con ella, siempre con ese sentimiento de culpa que surgía a cada reproche. Y ahí estaba, dedicada, atenta, siempre atenta y preocupada. Atenta a lo que decía y cómo, a procurar que mucha de la gente de su alrededor pensara de ella lo mejor: hija disponible, madre atenta, amiga paciente, trabajadora eficaz. Alguien con quien siempre puedes contar. 

- "¿Y dónde dices que está tu falta de autoestima?"

Siempre había quien no valoraba sus esfuerzos, sólo veía los defectos que se le habían pasado por alto. Esas personas la hacían sentir mal, pero las disculpaba pensando que lo hacían por su bien, para ayudarla (¿para qué si no?) y porque eran así, la gente ya se sabe, no cambia.

En algún momento aprendió que sólo mereciéndolo podría tener amor del de verdad. Y merecer implica esforzarse y si es necesario sacrificarse. Pero siempre con una sonrisa, porque se hace para aquellos/as a los que quieres y que te quieren. Y ahí estaba, esforzándose y reprochándose. Y disfrutando de esos momentos en que una amiga le decía: “sé que siempre puedo contar contigo y que estarás ahí, eres tan buena”. Eso no tenía precio. 

Y entonces enfermó. Primero empezaron unas contracturas en la espalda, una falta de hierro, un ataque de ansiedad inesperado. “Quiérete más”, le decían. “Tienes una falta de autoestima muy grande” le aseguraban. Quizá tuvieran razón. Y en eso que va a parar a un psicólogo para buscar esa famosa autoestima que parece que sólo le falta a ella. Eso debía ser. Los demás estaban todos sanos. Como siempre, la que fallaba era ella. Qué tara tan grande debía tener. 

En esa consulta no encontró autoestima. Mediante preguntas y reflexiones se dio cuenta que sí tenía valía, si tenía autoestima, pero no como se la habían vendido. Se dio cuenta que había personas que le hacían bien, la querían y respetaban y ella también a ellas. Pero que había también otras personas a su alrededor a quien quería pero que nunca parecía encontrar la manera de sentirse bien con ellas. Eran las que la hacían sentir peor y más culpable. Después había otras que según el día que tuvieran, pero siempre le exigían que ella estuviera de buen talante, era lo que se esperaba de ella aunque no le apeteciera.

Se dio cuenta que había personas que la decían que la querían, pero que sus actos no eran coherentes con eso. La decepción fue muy grande, pero también la determinación que le siguió luego: "primero me cuido yo, veremos quién decide descuidarme luego". 

Aprendió que debía parar e identificar cuando los intereses de los demás invadían sus propios intereses. Y que podía decidir cuándo le convenía que esto fuera así y cuando no. Descubrió que podía dedicar más tiempo y energías a las personas y actividades que le gustaban, "recolocando" aquellas que la hacían daño. Le costó, pero poco a poco aprendió a ignorar sus chantajes o a defenderse. Y siguió cuidando de aquell@s que la cuidaban.

Aprendió que para protegerse y disfrutar no hacía falta aislarse ni construirse una coraza que la asfixiara, con que aprendiera a pintar líneas y límites podría bastar. Y si era con humor, mejor. En algún lado leyó que la risa era lo contrario de la ansiedad. 

Y dio con este vídeo que le encantó y que tatarea en ocasiones... 


Vídeo: Fragmento de "Fantasia 2000. Flamingos. Camille Saint-Saents The Carnival of the animals" Copyright: Walt Disney Studios