lunes, 22 de junio de 2015

8 ideas para dar ayuda


Y qué mal llevamos el sufrimiento ajeno. Como ejemplo, una situación:   

Dos compañeras que tienen un reto por delante y tienen que trabajar en equipo, bien coordinadas y bajo presión. No se coordinan. Fallan con la tarea y estrepitosamente, además. Ambas son muy exigentes, pero una lo es más consigo misma y la segunda lo es más con los demás, la autocrítica no es su fuerte. La primera llora de rabia y frustración por no haberlo conseguido. Está embarazada y su compañera, con evidente incomodidad por toda la situación, intenta consolarla diciéndole “no llores más, que esto no es bueno para el niño”. 
Toma castaña. Encima de rabia y frustración, elevamos la apuesta añadiendo culpa por el posible (y muy improbable) daño al pequeño. En una sola frase demuestra quién realmente lleva mal la situación: no quien llora, sino quien no soporta ver llorar.

Esta escena la vi hace poco en un concurso y me dio qué pensar. Evidentemente, perder una prueba en un concurso televisivo es una pérdida limitada. La cuestión está en que no todas las pérdidas son pequeñas, y ante éstas por norma general, reaccionamos igual de mal para apoyar a las personas que sufren. Nos educan poco en la gestión de nuestras propias emociones, pero nos educan aún menos en la gestión del dolor ajeno.

A lo largo de la vida, desafortunadamente, tenemos pérdidas mucho más graves: de personas significativas, de la pareja, de la salud, de trabajo. Algunas de ellas forman parte de la vida, no por ello son menos dolorosas. Otras son inesperadas, no tocan, rompen con muchas cosas. Toda pérdida grave nos descoloca, nos deja en shock, nos obliga a pasar por el dolor de asumirla y con el tiempo, si todo va bien, ir integrándola y retomando varios aspectos de nuestra vida que habían quedado interrumpidos. 

Esto por si sólo ya no es nada fácil, pero además le sumamos que: 

  • Vivimos en una sociedad donde "estar mal" no está bien visto. Lo que queda bien es estar siempre bien y motivado y proactivo para hacer cosas. Estar mal, sentirte cabreado, triste incomoda a las personas de alrededor, e incluso estigmatiza.
  • Por lo tanto, las personas que rodean a quien ha sufrido la pérdida intentan que esté mejor y se encuentre bien y con ganas de hacer cosas. Sin decirlo, se sigue el principio de "si tú estás bien, yo también".
  • No nos preparan para sufrir pérdidas, pero tampoco para gestionar los gestos bien intencionados y desafortunados de las personas que te quieren, pero meten la pata. A veces las peores torpezas vienen de las mejores intenciones. 

Ante un duelo importante, una buena red de apoyo social es crucial para avanzar. Y es esencial saber cómo actuar. Cómo ofrecer la ayuda a la persona a la que tanto queremos de una manera que sí llegue, que consigamos realmente acompañarla en su dolor para poco a poco irlo asumiendo. Y conseguir superar esa sensación del “no saber qué decir” o “no saber qué hacer” que con la mejor de las intenciones, angustia y nos lleva a decir y hacer (paradójicamente) algo que en mejor de los casos no ayuda y en el peor de los casos hace sentir peor.

¿Qué podemos decir que sea útil y respetuoso? ¿Qué podemos hacer? El psicólogo Robert Neimeyer da algunas pautas, que pasan sobretodo por tragarnos nuestra propia incomodidad y estar disponibles, especialmente en los primeros momentos. y dar ese espacio a la persona para que gestione y digiera, a su ritmo. 

Cosas que NO se debería hacer
Cosas que SI puedes hacer

Obligar a la persona que ha sufrido la pérdida a asumir un papel, diciendo: “lo estás haciendo muy bien”. Hay que dejar que pueda tener sentimientos que la perturben, como la añoranza, sin que tenga la sensación que nos está defraudando.

Abrir las puertas a la comunicación. 
Si no sabes qué decir, pregunta “¿cómo estás hoy?” o bien “He estado pensando en ti, ¿cómo te está yendo?”.
Decirle a la persona que ha sufrido la pérdida “lo que tiene que hacer”. 
En el mejor de los casos, eso refuerza la sensación de incapacidad de la persona. Y si lo hace, puede serle incluso contraproducente.
Escuchar un 80% del tiempo y hablar un 20%. 
Hay muy pocas personas que se tomen el tiempo necesario para escuchar las preocupaciones más profundas del otro. Sé una de ellas. No es fácil, pero es reconfortante tanto para quien recibe el apoyo como para quien lo da.

“Llámame si necesitas algo”. 
Es un ofrecimiento inconcreto, poco definido. Puede que se capte que es un ofrecimiento de compromiso y que no se siga. Sobretodo en los primeros momentos y más intensos de cualquier gran duelo, tomar decisiones desborda, por pequeñas que sean.
Ofrece ayudas concretas y toma la iniciativa a la hora de llamar a la persona. Siempre respetando la intimidad de la persona, preguntando en primer lugar si le va bien hablar en ese momento. En lo referente a tareas concretas del día a día, un ofrecimiento concreto será de gran ayuda. (P.ej, ¿qué noche te traigo la cena?).

Sugerir que el tiempo cura todas las heridas. 
El tiempo por si mismo sólo pasa, no hace nada. El trabajo de un duelo es más activo que eso para la persona. Además, las heridas profundas se asumen, pero nunca se olvidan del todo.
Preveer momentos difíciles en el futuro. Las personas no somos regulares ni constantes en el proceso de recuperar el ánimo. En los meses posteriores a la pérdida hay subidas con más actividad y momentos de duda, incertidumbre, toma de decisiones y más de “bajón”.

Hacer que sean otros quienes presten la ayuda. Si hemos sido cercanos a la persona hasta ese momento en que está sufriendo, nuestra presencia y preocupación personal es lo que marca la diferencia.

“Estar ahí” acompañando a la persona. Existen pocas normas para ayudar aparte de la naturalidad, la autenticidad y el cuidado. Sé tú y no “lo que crees que te toca ser”.
Decir “sé cómo te sientes”. 
Intentando empatizar y acompañar, en la mayoría de los casos es una mentira piadosa. Cada persona siente su dolor de manera única, es SU dolor y se le debe respetar. Lo que sí podemos hacer es invitar a la persona a compartir cómo se siente, (sin forzar), en lugar de dar por supuesto que lo sabemos.

Hablar de nuestras propias pérdidas y cómo lo afrontamos 
como idea y cuando nos lo pidan, no como receta a cumplir por parte de la otra persona. Cada persona tiene su estilo de afrontamiento, pero conocer el de otros y sus dificultades puede servir de ayuda.
Utilizar frases típicas de consuelo como: “hay otros peces en el mar”, o “es la voluntad de Dios” o “ha pasado porque tenía que pasar”. 
Si la persona es creyente, hablarle de Dios tiene sentido y se servirá como recurso. Si no, lo vivirá como una invasión irrespetuosa. 
Creemos que decir algo es mejor que no decir nada, pero no es necesario “rellenar el silencio”. Podemos adaptar los mensajes al sistema de creencias religiosas (o falta de ellas) de la persona. Vivirá su duelo como vive el resto de su vida.

Establecer un contacto físico adecuado, respetuoso. 
Nuestras necesidades no tienen por qué coincidir. Respeta el espacio vital. Un brazo sobre los hombros, un abrazo cuando las palabras fallan. Acompañando, no atosigando ni evitando el contacto. Aprende a sentirte cómodo con el silencio compartido, en lugar de parlotear intentando animar.
Intentar que la persona se dé prisa en superar su dolor 
animándola a ocupar su tiempo, a regalar las posesiones de la persona fallecida, etc. Un duelo requiere tiempo y paciencia, no puede hacerse en un plazo de tiempo fijo y “correcto”.

Ten paciencia con la historia de la persona que ha sufrido la pérdida y permítele compartir los recuerdos de su ser querido. Permitirle expresarse le ayuda a reelaborar los recuerdos y orientarse cada vez más a un futuro. Podemos pedirle que no hable de ello, pero no le ayudará.

Quien sufre no tiene el cuerpo ni el ánimo para reaccionar ante inconveniencias o frases “típicas”, pero que no se diga no quiere decir que no pase nada. Te animo a vencer tu propia incomodidad, el resultado es más gratificante a la larga para todos. Y si el duelo no avanza pasado un tiempo, siempre está el recurso de sugerir un apoyo profesional. 



Adaptado de Neimeyer, R. "Aprender de la pérdida" Ed Booket (2007) Págs 102-103


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